Dos horas con Nacho Vidal y Martiño Rivas: “El porno de ahora no me representa, ni siquiera besan a la chica”

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En las dos horas que dura este encuentro con Nacho Vidal y Martiño Rivas pasa de todo: hace sol, se nubla, nieva y vuelve a salir el sol. La meteorología se acelera a un ritmo frenético, presagio del huracán que se avecina. Hasta Martiño, de natural más tranquilo, se sube a la montaña rusa de Nacho en cuanto aparece por la puerta. Se abrazan, bromean, se enseñan fotos de sus hijas, se ríen a carcajadas, comparten recetas mexicanas: «¿Qué llevaba el carajillo ese que hacían allí?». Posan abrazados, se besan, se tocan. Han logrado la simbiosis. Y por fin, se sientan.

Nacho Vidal y Martiño Rivas han sido últimamente la misma persona. El primero ha revivido aquel primer lustro de la veintena en que todo empezó. El segundo ha encarnado ese espejo en el que casi no ha ha sido capaz de mirarse. «No he pasado del tercer capítulo porque no paraba de llorar», confiesa la estrella del porno, hoy retirado de los rodajes pero nunca demasiado alejado de la industria del sexo.

La serie Nacho, producida por Bambú y que estrena hoy Atresplayer Premium, llega hasta los 27 de su protagonista, en el año 2000. Siguiendo la estela de aquellas memorias tempranas que firmó David Barba en 2004, Confesiones de una estrella del porno, narra un viaje desde su infancia en Enguera, una localidad valenciana de apenas 5.000 habitantes a la que ha regresado ya con los 50 en el horizonte, hasta su consagración como estrella mundial del cine para adultos en Estados Unidos, pasando por un intensivo makinero de sus juergas en la Ruta del Bakalao y por aquella pillada de su madre en la sala Bagdad mientras practicaba sexo en vivo ante 400 espectadores.

Fue difícil encontrar a un actor que tuviera «los cojones» de encarnar a una figura controvertida, por su profesión y por su forma de vivir, y fue el propio Nacho Vidal quien dio con Martiño: «Vi una entrevista en una alfombra roja y me moló un montón, es muy auténtico. Cuando lo conocí pensé: ‘Dios, todavía hay personas así, no está todo perdido’». De ahí, a una tímida llamada de su agente, y Martiño dijo sí: «Yo escuchaba los tambores de guerra. No me podía perder este papel».

Para llegar al clímax, a las mujeres no les vale cualquier pelele. Y en el porno hay mucho pelele

Nacho Vidal

«Más allá de la desnudez o de las escenas de sexo, el mayor reto de esta historia es que la voz de Nacho tiene mucho peso y mucha densidad. Este cabrón ha vivido muchas vidas en una, ¿cómo coño podía yo sacar de mí esa experiencia?», confiesa el actor gallego, que en lo físico se sometió a una dieta «de café y cigarrillos», y en lo mental a un cambio radical de registro cubierto apenas por un calcetín genital y pautado por estrictas coreografías sexuales que estudiaba por las noches. Nunca hubo coreografía en los miles de polvos de Nacho Vidal ante la cámara: «Venían actores a ver mi técnica y yo decía: ¿pero qué técnica? Yo vengo aquí a follar».

Y llega la revelación: una de las mayores estrellas del cine para adultos, esa preciosa «vaca sagrada» que conquistaba a la cámara y jamás perdía una erección, forjado en «la universidad» del sexo en vivo, Nacho Vidal no consume pornografía.

Yo no miro pornografía, no compito. Cuando ves a un tío hacerle el amor a una chica, no follar, lo reconoces

Nacho Vidal

«No existe un referente, un número uno mundial de la actuación en el cine convencional; en el porno, sí, y no luchamos contra eso. Yo no compito con nadie», afirma quien fuera pupilo del histórico Rocco Siffredi, que lo vio sobre el escenario de la sala barcelonesa y le preguntó qué narices estaba haciendo allí. «Él lo que quería era dejar de trabajar, y yo lo he entendido al empezar a dirigir. En mis películas tenía que trabajar yo, no soportaba cómo lo hacían otros, pero Rocco veía en mí lo que él hacía», rememora, «entre nosotros nos reconocemos. Tú observas cómo un actor le hace el amor a una mujer. Hablo de hacer el amor, no de follar: hacer el amor a una mujer es todo lo que haces antes y después de penetrarla. Penetrar, penetran los perros, los caballos, cualquiera. Pero, ¿cómo tratas a la chica cuando llegas al set, cómo le hablas cuando te vas? ¿Cómo la tocas, cómo te mira ella?».

En efecto, Nacho Vidal tiene una visión romántica de la pornografía, no por sensiblería sino casi por pragmatismo, como medida de calidad del resultado. Para él, es una cuestión de principios basada en la relación de poder que se establece en un encuentro sexual: ella parte con la sartén por el mango y él tiene que ganarse su favor, tiene que hacer que ella desee que la dominen. «Para llegar a ese clímax a la mujer no le sirve cualquier pelele, y hay mucho pelele en el porno», asegura. De desmontar los prejuicios del cine para adultos va en cierta manera Nacho. «Es importante que se genere debate, que se abra una conversación con cierta naturalidad», opina Martiño Rivas.

Seguimos mirando con desdén a la gente que se dedica a una industria cuyo consumo está totalmente normalizado

Martiño Rivas

El rodaje de la serie no ha sido un camino de rosas. Fue casi imposible conseguir a un actor infantil que interpretara al niño Nacho, a pesar de lo inocuo de las secuencias; decenas de localizaciones se negaron a verse relacionadas con la ficción. El mismo enclave de esta entrevista permitió la sesión de fotos siempre que no se reconociera el edificio. «Ahí está nuestra doble moral: seguimos mirando con desdén a la gente que se dedica a una industria cuyo consumo está totalmente normalizado», lamenta Martiño. «Todo el mundo ve porno. ¿Por qué nos pasa esto?». Encontrar la respuesta a esta pregunta fue su aliciente definitivo para encarnar al protagonista, y no se atreve a pronosticar cuál será la reacción del público.

El resurgir global del movimiento feminista en los últimos años ha puesto el foco en el papel de la mujer en una industria históricamente dirigida al hombre. «Cuando la gente ve mis películas y asume que soy un tío agresivo no se pregunta si no será más bien que soy buen actor. ¿Por qué no pensamos que Al Pacino era narcotraficante después de Scarface?», alega Nacho Vidal, «esto no deja de ser cine, es una fantasía. En el momento en que una mujer dice que no a algo, o si le duele y tú sigues, estás entrando en una violación, es otra cosa. Aquí no se viola a nadie. Ellas eligen con quién trabajan y hasta dónde quieren llegar. Y todo el mundo tiene un precio». Le convence poco el auge del llamado «porno para mujeres»: «No creo en eso. Hay un abanico amplísimo de fetiches que no son más que eso, fetiches, y los tiene todo el mundo. Yo no hago porno para hombres ni para mujeres, hago porno para personas».

El porno no es sexo, es una fantasía. Y una fantasía llevada a la pantalla puede ser peligrosa

Nacho Vidal

Sin embargo, hubo un momento en que esos fetiches inquietaron a la gran estrella. Empezó a ser consciente de su influencia cuando descubrió que chicos muy jóvenes intentaban llevar a la realidad lo que él hacía en pantalla. «Un momento, chaval, despacito. Esto no es el sexo. Es un artificio, una performance, es el Circo del Sol. El sexo es algo muy diferente», les aleccionaba. Y empezó a rechazar proyectos, dejó de tirar del pelo a sus compañeras, de cogerlas del cuello, se ponía preservativo en algunas escenas. «Intentaba transmitir otro tipo de trato porque sentía una responsabilidad muy grande. Dejé de vender como antes, pero me daba igual», asegura.

Terminó retirándose cuando Internet se llenó de vídeos de padres con niñas, madrastras con jovencitos, incluso abuelas. «El ser humano tiene unas fantasías que, llevadas a la pantalla, pueden ser peligrosas. Puedes estar metiendo en cabezas muy jóvenes que eso es la sexualidad», afirma, «la pornografía es un reflejo de la sociedad en la que vivimos, y nuestra sociedad es fría y distante, nadie se mira a los ojos, vamos todos con el móvil. Así que no quiero saber nada del porno actual, no me representa. No hay historia, no hay valores, es un meme. Ni siquiera besan a la chica».

Sale el sol en el centro de Madrid y las dos caras de Nacho salen a comer. Vidal propone un restaurante en Gran Vía. Especializado en carne, claro.

Source: elmundo.es