Harrison Ford se despide de Indiana Jones con la dignidad que se merece | Cultura

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Harrison Ford, este jueves en Cannes tras la proyección de 'Indiana Jones y el dial del destino'.
Harrison Ford, este jueves en Cannes tras la proyección de ‘Indiana Jones y el dial del destino’.VALERY HACHE (AFP)

Para los que hemos crecido adorando a Indiana Jones la quinta y última entrega de la saga es un digno adiós a un héroe que cambió nuestras vidas. El estreno mundial en el festival de Cannes de Indiana Jones y el dial del destino, dirigida por James Mangold, devolvió, con esa épica de los grandes acontecimientos de Hollywood pasados por la costa azul francesa, el sueño de las aventuras perdidas al Gran Teatro Lumière.

Por momentos, Indiana Jones y el dial del destino pisa sobre un territorio demasiado conocido para los espectadores. El arranque del filme, con un Harrison Ford rejuvenecido digitalmente, entronca directamente con pasajes anteriores de la saga, solo que esta vez roza el videojuego, pese a lo bien que está hecho. Demasiado artificio que solo funciona para introducir a los personajes que interpretan el danés Mads Mikkelsen, un malo que sale adelante casi sin esfuerzo, y el inglés Toby Jones, en la piel de un arqueólogo colega de Indy cuya pequeña estatura valdrá para provocar media sonrisa cuando años después su hija reaparezca en la vida del profesor Jones bajo la alta y espigada figura de Phoebe Waller-Bridge.

Por fortuna, ya no hay más flashbacks y el resto de la película ocurre en los años sesenta. Jones vive solo en su apartamento de Nueva York, está a punto de jubilarse y es un viejo cascarrabias sin mujer y sin hijo que no soporta las fiestas de sus jóvenes vecinos. Sus alumnas ya no se escriben embelesadas “te quiero” en los párpados sino que bostezan con sus clases de arqueología. Es el año 1969 y suenan los Beatles, los jóvenes se manifiestan por la Guerra de Vietnam y el hombre ha pisado la Luna. Acontecimientos históricos que solo son ruido en la cabeza de un hombre que ya ha visto pasar lo mejor de su vida.

A partir de entonces arranca la verdadera película, que no evita los guiños nostálgicos pero también brinda números de acción tan espectaculares como el de Indiana galopando por las calles y el metro de Nueva York en un bello anacronismo o el de los tuk tuk de tres ruedas de Tánger en una persecución exótica y divertida a la altura de las mejores de la saga.

La elección de la actriz Phoebe Waller-Bridge como compañera de aventuras o la de su escudero, el joven Ethan Isidore, aporta una distancia generacional que también acaba funcionando, sobre todo en la recta final de un filme que logra despedirse del héroe como se merece. En un final muy hábil, Mangold toma partido por una solución que nos recuerda con emoción que el traje de héroe de Indy siempre fueron sus cicatrices. Un aventurero que pese a la fantasía de sus hazañas es profundamente humano.

Esa humanidad se la debemos al actor que supo darle sentido a un personaje que nació con la idea de ser una mezcla entre James Bond y Bogart pero que él llevó a un territorio que es solo suyo. Si algo aprendimos con las aventuras de Indiana Jones es que el fracaso es una forma de victoria, que la erudición es una forma de elegancia y el humor y la picardía una forma de supervivencia. Anoche, en Cannes, el centro de todo fue, obviamente Harrison Ford, el actor que supo catalizar todas estas contradicciones en un personaje único que supo revivir el valor de las aventuras cuando ya no quedaban aventuras. Ford recibió una Palma de Oro de Honor que no estaba anunciada antes de la proyección de la película, con un video-homenaje que repasó su carrera entre aplausos de un público que logró emocionarlo poniendo su timidez y seriedad en apuros. “Dicen que antes de morir ves tu vida pasar y yo acabo de verla pasar, al menos una parte importante de mi vida”, dijo después de ver pasar en un montaje de imágenes su gloriosa filmografía. “Me habéis querido mucho, pero lo que no sabéis es que yo os quiero a vosotros. Le habéis dado sentido a mi vida”, añadió en un discurso breve e intenso.

Indiana Jones y el dial del destino cierra un círculo que se inició en 1981 con la aventura de En busca del arca perdida, la mejor de la saga junto a Indiana Jones y la última cruzada (1989), y concluye 42 años después con un arqueólogo de 80 años que no oculta sus canas ni su cuerpo vencido y que se despide de la pantalla con la dignidad que siempre ha merecido.

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