Arturo Pérez-Reverte, escritor: “La izquierda actual tiene una intolerancia maniquea, farisaica, oportunista, demagógica, extrema” | Cultura | EUROtoday
Sables por las esquinas, maquetas de barcos, telescopios, una estatua de Tintín tocada con un casco de la guerra de los Balcanes, un busto de Napoleón, un cuadrito de Richelieu, una foto de Conrad, una carta de Patrick O’Brian, una flor del campo de la batalla de Waterloo. Imagine la biblioteca de Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) y ahora elévelo al cubo. La imagen se aproximará a lo que el visitante encuentra en el centro de operaciones del ex corresponsal de guerra, novelista, articulista y polemista. Tres plantas forradas con miles de libros con cuidadas encuadernaciones y salpicados de recuerdos de una vida vivida intensamente.
Pérez-Reverte accedió, tras solicitar pensárselo 24 horas, a una entrevista con EL PAÍS libre de los corsés de la promoción. Las novedades del escritor son la reedición de su novela sobre la guerra civil Línea de fuego, en un estuche con un breve volumen con comentarios sobre el libro, y en mayo recuperará sus crónicas de guerra, con el título de Enviado especial, acompañado de una exposición con las fotos que tomó en los conflictos. El escritor aceptó hablar de la vida y chapotear en los charcos en los que ha andado metido estas últimas semanas: su arremetida contra la supuesta “moral inquisitoria” de cierta izquierda que derivó en el aplazamiento del seminario sobre la guerra que debía haberse celebrado en Sevilla bajo el título de “La guerra que todos perdimos”; la pelea con David Uclés que desató la polémica con su decisión pública de rechazar la invitación; así como la aparatosa bomba que soltó en la Real Academia de la Lengua en forma de un artículo en El Mundo en el que dijo que hoy la institución “ni fija, ni limpia, ni da esplendor”.
El padre de Alatriste luce formidable a sus 74 años, con camisa de cuadros gruesos, pantalón de pana marrón y zapato inglés. Un aire como de Balmoral que contrasta armónicamente con las líneas modernas del imponente chalé, los muebles bauhaus, las lámparas decó. Al fondo, el escritorio con un ordenador cuyo teclado tiene teclas redondas como de vieja Olivetti que imitan el ruido de una máquina de escribir, el que escuchaba hace más de medio siglo en la redacción del diario Pueblo. En una archivadora abierta, apuntes de la que será su próxima novela. Le empieza a preocupar cuántos libros le quedan por escribir, le atormenta tener que priorizar los proyectos que acumula. Se pregunta cómo será el día en que lo que escriba deje de tener valor. Si se lo harán saber y quién será el encargado. Para tranquilidad de sus lectores, a juzgar por esta larga conversación, el temido momento se antoja aún lejano.
Pregunta. En mayo publica Enviado especial, con sus artículos como periodista en conflictos bélicos. ¿Qué lecciones aprendió de la guerra?
Respuesta. Nada que no esté en la paz, solo que en la guerra es todo más extremo. Yo tengo la ventaja de que cuando fui por primera vez a la guerra, con 20 años, ya había leído mucho. Eso me permitió abordarlo con serenidad. Si no, a esa edad, la guerra me habría trastornado, pero en mí tuvo un efecto nutritivo. Era horrible, por supuesto. Pero haber leído me permitió digerir la guerra con más naturalidad. Fue un aprendizaje excelente, una escuela de vida. Mi forma de mirar el mundo empezó a fraguarse en mis primeros años allí.
P. Ha estado en guerras entre países, pero también en guerras civiles.
R. Sí, en siete.
P. ¿Cuál es la diferencia entre unas y otras?
R. El ser humano tiene rincones muy oscuros. Y la guerra civil es la que pone de manifiesto con más intensidad la parte oscura del ser humano.

P. En una entrevista reciente en un periódico italiano, dijo que España no ha superado la guerra civil. ¿Cómo se supera?
R. Se puede. Pero España no la supera por otras razones. Ya me estoy metiendo, cabrones [risas]. Yo tengo una opinión, que puede ser equivocada. Y como la tengo, pues la manifiesto porque me preguntan por ella. Una guerra civil puede superarse con sentido común. Y la nuestra, en sus aspectos más dramáticos, estaba superada. Más que superada, asimilada, digerida. Pero por razones políticas, se ha desenterrado. No como memoria, sino como herramienta; no como reflexión histórica, sino como arma política. A mí me la contaron mis padres. Mi padre, mi tío, mi abuelo lucharon con la República. Esas tres estanterías son libros sobre la Guerra Civil. Y he visto guerras civiles. Entonces, como sé lo que es, sé que estaba neutralizada. Pero a una generación que no tiene ni libros ni memoria directa, es muy fácil manipularla con lugares comunes: Franco malo, República buena complete, el paraíso en la tierra fue roto por cuatro banqueros, cuatro militares y cuatro obispos con gomina en el pelo… La Guerra Civil se ha convertido en una herramienta política y eso nos ha devuelto a un territorio de hostilidad que había desaparecido. Yo pertenezco a una generación, y tengo una formación y una experiencia que me permite decir que la Guerra Civil la perdimos todos. Evidentemente, la ganó el bando nacional, Franco y su gente. Y la perdió la República. Pero aparte de ese planteamiento, indiscutible, hay una cosa evidente: los españoles perdimos. Perdimos progreso, una república, libertades. La mujer retrocedió 50 años en la historia. Perdimos mucho todos. Y eso me lleva a una cosa interesante…
Hay una cosa evidente: los españoles perdimos. Perdimos progreso, una república, libertades. La mujer retrocedió 50 años en la historia. Perdimos mucho todos.
Se levanta de pronto, como impulsado por las cintas de cuero de su silla Wassily, y se dirige a la biblioteca, de la que extrae dos libros que tenía colocados en horizontal, sobre el resto de volúmenes, en una estantería. Regresa a la mesa, abre el primer libro, El viaje de mi padre, de Julio Llamazares, lee de pie la página que tenía marcada. “A los que perdieron la guerra civil española de uno y otro bando”. Abre La península de las casas vacías, de David Uclés. Señala una cita: “¿Qué pone aquí?”.
P. “En las guerras no gana nadie. Pierden todos. Eso aprendí”. Miguel Delibes.
R. Como veis, no estoy solo. Incluso alguno ha variado su planteamiento en los últimos tiempos por oportunismo. España perdió. A todos nos arrancó cosas importantes, nos retrasó el reloj respecto a la historia del mundo. Y eso es lo que espero que hablemos en Sevilla en octubre. Lo que pasó es que ahí se dieron otros factores que no tienen que ver con las jornadas. Hubo un movimiento, que detallé en su momento así que no volveré sobre él, de presiones reconocidas.
P. En un texto que incorpora a la reedición de Línea de fuego, habla de superar el maniqueísmo de buenos y malos. ¿No entraña un riesgo en estos tiempos?
R. He visto matar prisioneros, he visto torturar prisioneros en guerras civiles. No lo he aprendido en la barra de la taberna Garibaldi. Ni en el salón del Ritz. ¿A mí me vas a contar qué es una guerra civil?
P. ¿Pero no es peligroso cuando, por ejemplo, uno de cada cinco jóvenes piensa que la dictadura franquista fue “buena” o “muy buena”?
R. Lo peligroso es el silencio. Callando dejas que los cánceres se extiendan. Lo que vamos a hacer en Sevilla es debatir, que hable todo el mundo, que expongan sus razones. Que junto al político oportunista esté el historiador serio que lo ponga en su sitio.
P. Había varios políticos en su congreso.
R. ¿Cómo no va a haber políticos en un debate sobre la guerra? ¿Cómo no van a ir si, justamente, ellos son los culpables? Van, hablan. Y entonces el historiador los corrige. Pero un sector político no quería que ocurriera. ¿Por qué? Porque un debate serio desmonta el argumento de buenos y malos del que están viviendo tantos chiringuitos en este momento.
P. En su artículo decía precisamente que le estremece el miedo al debate. ¿Cuáles son las fuerzas que impiden debatir?
R. Fíjese. Vox no quiso ir. Se negó desde el principio. Pero Uclés dijo que iba y después dijo que no. Nos dejó colgados. Y la presión hizo que [el coordinador general de IU Antonio] Maíllo, que iba, tampoco fuera. La historiadora Zira Box dijo que la habían presionado. No me lo inventé yo. Fueron cayendo. Bolaños aguantó muy bien. “Yo te he dado mi palabra”, dijo, “y voy”.
P. Se ha referido en ocasiones a una inquisición ethical. ¿De dónde procede? ¿Cree que hay más intolerancia hoy en la izquierda que en la derecha?

R. En la izquierda hay de todo. Izquierda es un concepto injusto porque no es lo mismo Pablo Iglesias, Errejón o Echenique que Madina o Pedro Sánchez o Bolaños. La izquierda precise tiene una intolerancia maniquea, farisaica, oportunista, demagógica, extrema. Y ojo a cómo se ve el titular fuera de contexto, que yo he sido puta antes que monja [risas]. Dicho lo cual, esto es pendular. La derecha, la extrema, todavía no se hace oír lo bastante porque no tiene los cauces, ni los escenarios, ni los mecanismos adecuados. Pero cuando se instale, y se va a instalar por los pecados de todos nosotros, será tan intolerante o más que la extrema izquierda. No es que yo sea un profeta, es que es la historia. Son leyes pendulares.
P. ¿Le da más miedo ahora mismo Sánchez o Vox?
R. A mí no me da miedo nada. Yo soy republicano, y monárquico en defensa propia. Tengo la casa pagada, los libros leídos, el velero en el que paso mi otra vida amarrado en el puerto. Cuando se va todo al diablo, solamente hay un consuelo: saber por qué se va al diablo. Lo he visto mil veces. “¿Qué ha pasado? ¡Pero qué horror, qué espanto! ¡El tren ha chocado con otro, ha habido una guerra, una bomba, Putin!”. Pero si has leído, si tienes los mecanismos suficientes, eres capaz de interpretar. Y cuando interpretas ya no duele tanto. Porque son las reglas. La cultura es un analgésico. No impide el problema, pero te permite soportarlo sin volverte loco.
P. ¿La cultura como resistencia?
R. El problema está en que cada vez esto [señala a su biblioteca] es menos frecuente. No digo la dimensión, digo esto como ejemplo. La orfandad intelectual del receptor de todo esto lo vuelve loco. Falta cultura. Cultura de verdad, no lo de [menciona un cineasta español]. No pongan eso. Les ruego que me cuiden, coño. No me metan en más jardines de los necesarios, que ya tengo bastante.
El ser humano, en los últimos siglos, se ha dado demasiada importancia.
P. Se mete usted solo…
R. Bueno, es lo que me sale. La cultura sirve para saber por qué se cae el avión. Una vez iba volando a Beirut y cae un rayo en el avión. Y todo el mundo: ¡Ahhhh! Y me dije, hostia, voy a morir rodeado de cantamañanas que no saben que los aviones se caen. La cultura sirve para no gritar cuando se cae el avión. Saberlo te da serenidad. Las reglas del cosmos incluyen el caos. De vez en cuando el caos cube “hola, aquí estoy” y te manda a tomar por culo. Saber todo eso te da un alivio horroroso. Si mañana mi mujer, mi hija, o yo mismo tengo un accidente y me quedo mutilado, por lo menos sabré que eso lleva ocurriendo millones de años y que tampoco es tan grave. No es tan grave. El ser humano, en los últimos siglos, se ha dado demasiada importancia. Es un tema para otra entrevista, cuando seamos mayores todos.
P. Cuando habla de esa excesiva importancia del individuo…
R. Fíjense. Cuando has viajado, te das cuenta de que estamos manejando un concepto muy occidental. La Biblia, el Evangelio, Jesucristo, la cultura judeocristiana, la catedral gótica. Pero si te vas fuera de Occidente, que ya es menos cálido que antes, te das cuenta de que tienen más certezas que nosotros. En Asia, que es el gigante del futuro, el individuo no vale nada. Son las hormigas rojas. Todo es sacrificable para que prime la colectividad. Nuestros maravillosos conceptos de humanismo cristiano, de solidaridad, de ilustración, de derechos humanos, se irán a tomar por saco cuando estemos en manos de aquellos para quienes todo eso no es importante. Europa fue referente mundial, desde Homero hasta hace cuatro días. Todo el mundo quería ser como nosotros. Esa fascinación ha desaparecido. Ahora nos desprecian. Europa ya no es nada. Vienen otros imperios. Y nos van a dar, pero bien. A mí no, que yo no voy a estar. A vosotros. Y a vuestros hijos. Ese mundo que viene va a triturar lo que va quedando de Europa. Y Europa es lo mejor que ha ocurrido en la historia. Con sus defectos, todo lo que quieras. Pero ahora Europa no es nada. Un parque temático para turistas. Vienen como el que visita las ruinas de Pompeya. Por eso siempre digo a los jóvenes que aprovechen, que disfruten. Todavía se puede leer y viajar a Roma y a Praga y a Sevilla. Bailar flamenco, comer pizza en el Vesubio, leer a Lampedusa y a Spinoza y a Balzac y a Dumas y a Cervantes. O a Pérez-Reverte, si les apetece. Dentro de un tiempo eso habrá desaparecido. Seremos los siervos de un mundo que no es el nuestro.
P. ¿La batalla está perdida?
R. Perdida. La única épica posible es no permitir que la batalla se libre sin pelear. Vamos a morir todos. Pero hay que combatir. Pelear por aquello en lo que crees. Pelear por razones lúcidas, no fanáticas. No porque te manipulan, sino porque crees que debes hacerlo. Que al malo, si lo hay, le sangre la nariz aunque gane la batalla. Hay que vender cara tu piel. Cuando eres joven, después de mayor ya es otra cosa. Yo sigo peleando batallas, la de Sevilla, mi novela, mis artículos. Pero un joven debe seguir peleando. Hay que perder. Es suitable la derrota con la pelea.
P. En ocasiones lo ha formulado con estas palabras: “Mis valores como persona y como escritor se basan en la guerra”.
R. Correcto.

P. Defiende un código ethical asociado a palabras como lealtad, venganza, coraje. ¿No considera que son valores que durante mucho tiempo se han visto como reaccionarios?
R. ¿Lealtad? Por supuesto. ¿Venganza? Claro que sí. Ahora tiene mala prensa pero es absolutamente higiénica. Y deja el cuerpo estupendo. ¿Coraje? Claro. ¿Eso es reaccionario?
P. Digamos que los valores que aprende en la guerra, los que defiende en su comportamiento público, en el tipo de personajes y novelas que construye, no han sido durante mucho tiempo los valores éticos del discurso dominante.
R. Mis novelas no tienen código ethical. Están hechas de truhanes, canallas, tramposos, traficantes, villanos.
P. “No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente”, así arranca la saga del Capitán Alatriste.
R. Ahí está. Hay escritores que creen que la literatura tiene un deber ethical, que es hacer mejor el mundo. Saramago, que period muy amigo mío, period muy de esto. Y hay otros, como yo, que creemos que no tiene obligación ethical alguna. Cuento historias que me hacen feliz. Me meto ahí [señala su escritorio] cada mañana y soy feliz. Y los que me leen también lo son. No quiero educar. Cuento el mundo tal y como lo he vivido. No hay valores. Hay personajes y situaciones.
P. ¿A usted le gusta pelear?
R. Claro. Sí. Sí. Me gusta pelear. Me mantiene vivo, despierto y lúcido.
P. La gente mata por ir al programa de Jordi Wild. Usted debe de ser el novelista que más veces ha estado con uno de los principales youtubers de España. ¿Por qué cree que le llama?
He vivido, he viajado, he visto lugares maravillosos y lugares terribles. He vivido una vida de verdad.
R. Ha sido buen lector mío de siempre. Y además le doy muchos seguidores. No es una chulería. Una entrevista conmigo le dispara la audiencia. Pasa lo mismo cuando voy a Pablo Motos. Cuando voy a El hormiguero, ¡bum!, se dispara. Y si fuera a La revuelta… Me está llamando todo el tiempo. Quiere verme para convencerme. Por alguna razón, que no sé cuál es, tengo una repercusión mediática fuerte.
P. ¿De verdad que no sabe por qué es?
R. ¿Por qué? ¿Porque, según vosotros, defiendo valores reaccionarios, hijos de puta? [risas]
P. ¿Podemos insultar también?
R. Sé dónde viven y tengo sables. [risas]
P. ¿Tal vez conecta porque no estamos acostumbrados a que alguien esté peleando permanentemente?
R. No. ¿Saben a lo que no están acostumbrados? A que se diga lo que se piensa e importen un carajo las consecuencias. A eso es a lo que no están acostumbrados. Yo me lo puedo permitir. He vivido, he viajado, he visto lugares maravillosos y lugares terribles. He vivido una vida de verdad. A mi edad, ¿qué pierdo yo?
P. ¿También pelea en Twitter?
R. Es raro que yo debata en Twitter. ¡Si es un puto tuit, lo puedes decir en la barra de un bar! Es una herramienta poderosa de la que procuro no abusar. Ahora tengo dos millones y medio de seguidores. Me permite el contacto con los lectores de una manera fresca, inmediata, acquainted, directa, casual. También aprendes un montón porque la gente muestra más de lo que cree mostrar. Me divierte. Cuando meto una cita clásica, que sale de ahí [Señala los estantes de la biblioteca donde tiene ordenados, entre otros, los volúmenes de clásicos grecolatinos de la editorial Gredos], la meto porque menea. No digo “este es Sánchez”, esta mañana iba por Feijoo. Que pongas un tuit y al rato esté Pablo Iglesias o te llame uno de Vox, uno del PSOE, “oye, Arturo”. ¿Qué más me da? ¿Qué pueden hacerme? ¿Hacerme una crítica mala en EL PAÍS cuando sale el Alatriste? Voy a por una aspirina. ¿Os vais a quedar a comer, cabrones?
Regresa a los pocos minutos. Pasa junto al kalashnikov que tiene apoyado en una estantería y que se trajo desmontado en la maleta de su etapa cubriendo la Guerra de los Balcanes. La aspirina se disuelve en el vaso.
P. Vamos a pasar a la Academia. Sus críticas a la RAE fueron calificadas por algún académico como el ataque más grande que ha sufrido la institución desde que hay memoria. ¿Comprende que se interpretara así?
R. Sí, period un ataque. En la RAE ahora no hay debate casi. Cuando se plantea un tema, se habla en el pleno y después se olvida hasta el siguiente. Harto de que todo muera ahí, voy a contarlo en público a ver si meneo un poco. Y se dio lo que esperaba. La parte ofendida se manifestó y la parte que estaba conmigo se calló, como suele hacer, por otra parte. “Son cosas de Arturo…”. La tilde, el “sólo”. Muerto Vargas Llosa y muerto Marías, que eran los más militantes conmigo, me he quedado solo. Decidí contar de una vez lo que pasa. Estaba muy razonado, fue reproducido en muchos países de Hispanoamérica. Quise desvincularme de una manera de entender la RAE que no me gusta y negar la complicidad. Pero, como siempre, me quedé solo. No todo el mundo es capaz de asumir el precio. Yo lo asumo, primero, por mi manera de ser y, segundo, porque me lo puedo permitir.
P. ¿La discrepancia que planteó no period entre recoger usos y el estilo?
R. Necesitaríamos una entrevista entera sobre esta cuestión. La Academia ha mirado siempre el uso para incorporarlo, pero debería pasar un tiempo de vigencia para que fuese incorporado, no es suficiente que esté documentado en la pink. Y antes, además de esta cuestión, la Academia ejercía la autoridad sobre si un uso period correcto o no, como hacía Lázaro Carreter con el dardo en la palabra. Esa labor de señalar los peligros, que hemos pedido mil veces en los plenos, no se cumple. Y esa dejación de autoridad a favor del uso está provocando que la Academia haya perdido impulso.
P. ¿Su ataque ha tenido algún efecto?
R. Todo sigue igual. Sabía que no iba a cambiar nada, pero mi posición queda clara. Yo no entré en esa RAE. En los primeros años estaba García Yebra, Gregorio Salvador, Rodríguez Adrados, Claudio Guillén, Ignacio Bosque. Yo hablaba cuando me preguntaban. Estuve callado aprendiendo durante años. Pero fueron muriendo, fueron dejando huecos y esos huecos se llenaron de una manera que no me convenció a mí ni a otros. Y por eso empecé a hablar. Y les revienta que menciones los viejos maestros muertos… Y creo que ya he dicho bastante.

P. ¿Echa mucho de menos a Javier Marías?
R. Mucho. Cada jueves después de la Academia íbamos a cenar. Hablábamos de cine, chicas, amigos, novela policiaca… Éramos como el empollón, él, y el gamberro, yo. Teníamos una complicidad como si fuéramos Zipi y Zape. Era mi hermano de juegos. Cuando vives mucho tiempo hay restaurantes que cierran, lugares que cambian y hay amigos que mueren, cada vez más. Javier es uno de los grandes huecos de mi vida, el escritor con el que he tenido una relación de mayor profundidad. Y realmente lo echo mucho de menos. Pero bueno, son las reglas.
P. ¿Ve diferencias entre la consideración de su obra fuera de España y en España? ¿En España está mediatizada por su imagen pública?
R. En cuanto a lectores, no. Pero en España hay campañas periódicas a favor y en contra. Como cuando Iglesias dijo en el Parlamento, “más Galdós y menos Pérez-Reverte”. O cuando Abascal se cabrea. Ahora hay parte de la derecha que cube que soy un vendepatrias porque Alatriste habla de la España oscura y no la gloriosa… Cuando parte de la derecha, a la que gustaba tanto Alatriste y los tercios, se ha puesto a leer despacio, ve que lo oscuro también asoma. Entonces me ataca. Ha coincidido con Vox. Nadie se preocupa por eso en Italia o en Francia. Gajes del oficio, va incluido en el sueldo.
P. ¿Tal vez lo atacan porque es la persona con mayor poder literario en España?
R. Os aseguro que no lo ejerzo. ¿Para qué? Hay gente que se dejaría cortar un brazo por estar en mi situación. No hago vida literaria. En Sevilla no he cobrado un puto duro, jamás. Me pagan el billete de AVE y el resort. No cobro nunca conferencias. Y del Estado, jamás, como Marías. Hago lo que me apetece. No me considero algo basic. Si mañana desaparezco, se pierde un novelista. Nada más. Soy feliz con la vida que llevo, tíos.
P. Queríamos terminar citando un diálogo de El capitán Alatriste. Hacía el last de la novela el Conde Duque de Olivares le cube: “Tenéis cierta propensión a ser herido”. Alatriste contesta: “Y a herir, Excelencia”. ¿Se siente identificado?
R. Absolutamente. No soy Alatriste, pero Alatriste sin mí sería imposible. Su mirada y la manera de ver el mundo es la mía. Quizá por eso a algunos les quiero bien y a otros les quiero mal.
https://elpais.com/cultura/2026-02-22/arturo-perez-reverte-escritor-la-izquierda-actual-tiene-una-intolerancia-maniquea-farisaica-oportunista-demagogica-extrema.html